un cronopio de peluche

cronopios

Foto tomada de www.buscandocronopios.blogspsot.com (muchas gracias)

Solo recuerdo vagos lugares. Hoteles, residencias, cuartos sin
ventana. El frío de buenosaires gripiento, el calor de una habana
emocionada, la tibieza de un cuarto bogotano con estrellas en el
techo, que nunca pude alcanzar de verdad. El espacio donde se alcanza
el sueño del mismo modo que se alcanzan esos misteriosos momentos de
poder ser uno mismo mientras se crece en otras partes. Cuartos con
sàbanas siempre blancas, con cocinas compartidas con japoneses que no
nos entendían pero sonreían con todos sus ojos. Gatos de tres patas
que nos despertaban al medio día, chuchaquis de vino sagrado, de
agüitas calientes, de cigarrillos o de olas de ron habanero cantando.
El frío de tigua que nos dibuja cuadros de colores en el sueño.
Aviones que se van y se regresan, autobuses, el carro, los pies.
Estas noches de leer a cortàzar inédito solo nos pueden disfrazar de
viajeros y llevarnos a hervir hierbas màgicas en hoteles olvidados, y
a bañarnos en ríos del oriente, en la hora en que las pirañas -menos
mal- todavía no se despertaban.
El sabor del desayuno, de unas carnes secas de san joaquín -triste,
solitario, final (qué hubiera dicho soriano si me hubiera
acompañado)-.
Las paredes de todos los hoteles del mundo dibujan esta noche sombras
chinescas que los viajeros no entienden. Que se refugien en sus
sueños, mientras en mi sala cortàzar me desbarata, se ríe de mí y
conmigo, lloramos él y yo, reímos sus cronopios y él.

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